Sale Priebus, entra el General Kelly: terremoto en la Casa Blanca

¿Qué está pasando? Tras una semana en que el presidente Trump ha arremetido inmisericorde contra su Fiscal General, Jeff Sessions, en la red social Twitter, ayer anunciaba el relevo de su jefe de Gabinete, Reince Priebus, y su sustitución por el General  John Kelly, del Cuerpo de Marines.

Todo en tres tuits: “Me complace informaros que acabo de nombrar al General/Secretario John F Kelly jefe de Gabinete de la Casa Blanca. Es un Gran americano y un Gran Líder. John ha realizado también un trabajo espectacular en Seguridad Nacional. Ha sido una verdadera estrella de mi Administración. Me gustaría agradecer a Reince Priebus por su servicio y dedicación a su país. ¡Hemos conseguido juntos muchas cosas y estoy orgulloso de él”.

De todas las desconcertantes medidas de este desconcertante presidente, su política de nombramientos y despidos merece un capítulo aparte. En medio año se ha deshecho de Yates, Flynn, Walsh, Bharara, Comey, Dubke, Shaub, Corralo, Spicer, Short y, ahora, Priebus. Todo un récord.

Desde el primer día de su mandato ya advertimos que, si Trump quiere realmente hacer la mitad de lo que prometió en campaña, iba a tener que luchar con gigantes, todos esos medios que piden a gritos su destitución publicando ‘escándalos’ más y más inverosímiles, una Administración en buena medida heredada que le ‘hace la cama’ cuando puede, unos servicios secretos que filtran información confidencial a la prensa y un establishment, en fin, decidido a quitárselo de encima como sea.

Eso le ha obligado a una política de personal que deja perplejos a propios y extraños, indignando ora a sus más acérrimos partidarios, ora a la abrumadora oposición.

Desde el primer día, cuando hizo su mano derecha en el equipo de transición al ideólogo de la derecha alternativa (supuestamente) y cofundador del portal derechista Breitbart, Steve Bannon, como jefe de Estrategia, para luego nombrar jefe de Gabinete a un republicano ‘mainstream’, del gusto del partido, como Reince Priebus, de quien las malas lenguas dice que el presidente tenía –literalmente- cazando moscas.

Llenó su Administración de ex directivos de Goldman Sachs después de haberse presentado en campaña, también literalmente, como enemigo de Goldman Sachs y demás “intereses de Wall Street” que, por otra parte, correspondieron a su desafío haciendo llover millones sobre la campaña de su rival.

Pero cada vez que indignaba a unos con un nombramiento inconveniente, no tardaba en compensarlo e indignar a los contrarios con una designación en sentido inverso.

No es que haya renunciado a encontrar método en esta locura, pero me confieso tan desconcertado como el que más. Si su juego es resultar impredecible para todos, hay que reconocer que lo está consiguiendo.

La revolución de Trump

En la hipótesis de que Trump esté realmente decidido a hacer la revolución, la prometida en campaña, el juego tendría cierto sentido: unos nombramientos irían dirigidos a apaciguar a la maquinaria republicana y a los votantes moderados; los otros a ir colocando a los ‘suyos’.

De entrada, ya se rumorea abiertamente, si me permiten este aparente oxímoron, que Priebus podría ser uno de los ‘filtradores’ que constituían uno de los principales quebraderos de cabeza de la Administración Trump. Otro nombre que se baraja entre los ‘traidores’ sería el General McMaster, nombrado para sustituir al primer gran defenestrado, Michael Flynn, como jefe de Seguridad.

Entre los muchos problemas de Trump está el hecho de que no es un político. Washington es un entorno de bizantinismo político laberíntico, donde nada se consigue de forma directa y es difícil confiar en nadie.

Sin un equipo propio que conozca bien los intríngulis de la política práctica, intentar sacar medidas revolucionarias adelante es misión imposible. De modo que el impulsivo Trump debe tener más paciencia de la que aparenta e ir rodeándose de leales con los contactos adecuados poco a poco, probando su fidelidad y premiándola, y castigando a quienes flaquean o se muestran desleales.

Medio año es tiempo para una Administración normal, pero apenas es nada para lo que Trump prometió en su campaña, que viene a ser poner patas arriba el propio sistema. Medio año, por ejemplo, es lo que ha necesitado para emprender la búsqueda de un fiscal especial que investigue las trapacerías y desmanes de Hillary Clinton y sus adláteres.

Tras llamarla de todo menos bonita en campaña, tras la victoria Donald Trump ofreció a Hillary la rama de olivo y dio a entender que no iría judicialmente contra ella, como pedían a gritos los trumpistas de primera hora. Pero, parece, no era el momento.

Esto no ha hecho  más que empezar. Pónganse cómodos, que el espectáculo promete ser emocionante.

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Aguanegra
Invitado

Jajaaajajj. Si está intentando ser desconcertante, a fe mía que lo está consiguiendo :))
Creo que todo esto se explica por los tremendos problemas e intereses a los que se enfrenta Trump.
No deberíamos juzgar sus métodos quizás desconcertantes hasta que no veamos los resultado de sus gestiones. A mediados de mandato se verá si está consiguiendo gobernar o si sigue luchando por imponer su programa de gobierno.

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