James Mattis, el general sabio

Estados Unidos no está preparado para colaborar militarmente con Rusia, defiende, y parece que se ha convertido en la visión del gabinete federal, a pesar de los titulares que nos dejó la campaña electoral.

Por Consuelo del Val

La ambivalencia del lenguaje nos permite hablar de dos tipos de padres de la Historia: los primeros narradores que buscaban explicaciones objetivas frente a las teológicas, y los que escriben la Historia con su propia vida. Tucídides, considerado el primer historiador, narra en su relación de la guerra del Peloponeso cómo Esparta resultó victoriosa, y sin embargo se probó incapaz de gobernar, ni tan siquiera a corto plazo.

La osada traslación histórica al momento actual recuerda a la incredulidad novembrina que aún perdura en este acervo comunitario del que parece valerse la ideología liberal, el inventario de reacciones y sentimientos que cabe esperarse de un liberal de manual. Desde los safety pins a los pussy cat hats, las estrategias de lobbying estandarizadas han intentado decirnos que un Aníbal de tez anaranjada y su legión de elefantes han podido ganar las elecciones, pero ya, faltaría más; que no saben gobernar –incluso antes de tomar posesión-, que el país se irá al carajo, y por eso hay que desgañitarse por un impeachment.

La más ruidosa de las manifestaciones del día de la investidura estaba organizada por ANSWER -Act Now to Stop War and End Racism-, y su respuesta no se hizo esperar. Durante el baile de protestas del veinte de enero, el Senado confirma a los dos primeros miembros del Gabinete: los generales retirados James Mattis y John F. Kelly, como un signo de que esta legislatura se afronta como una compleja guerra multifrontal en la que llueve mortero doméstico y exterior, multimedia y físico.

De la estrategia para repeler el último -remendar el denostado ejército tras los últimos ocho años y afianzar el rol militar de USA- se encarga un viejo zorro del desierto. El General retirado Mattis tiene a sus espaldas una carrera de 44 años en el cuerpo de Marines, y por delante la labor del estratega de buró. El sexagenario Mattis que ahora conocemos es fruto de la destilación de volúmenes de estrategia militar, los seis mil que pueblan los anaqueles de una biblioteca que le ha acompañado a cada punto del mundo en el que ha sido desplegado.

Al campo de batalla hay quien lleva el devocionario del requeté, el kempis o la biblia de Gedeón, pero el camuflaje del uniforme de Mattis escondía en su bolsillo las Meditaciones de Marco Aurelio. Este libro sagrado del estoicismo parece ser también el favorito de Bill Clinton, aunque este último ha demostrado que los fuertes principios éticos de autodominio, continencia y frugalidad han calado menos en él. El emperador redactaba sus ideas durante las campañas militares para pulir su carácter, como un ejercicio espiritual, del que se ha valido el general, apodado el monje guerrero por su celibato y entrega al cuerpo de Marines.

A él ha estado ligado toda su vida, en él ha desarrollado una carrera impecable durante 45 años, desde que a los 19 se alistara como reservista. El respeto jerárquico se mezcla con la admiración entre sus compañeros semperfi que han servido con él en escenarios como la Tormenta del Desierto de la guerra del Golfo, Afganistán o la más reciente guerra de Irak, donde destacó su papel en la batalla de Fallujah.

El lema que intenta fijar en la mente de sus marines es first, do no harm. A toda campaña le precede un curso de sensibilización cultural a cargo de expertos en Oriente Medio, que enseñan al batallón, por ejemplo, lo acertado de dejarse bigote para parecerse más a los locales, cómo es más fácil ganarse al enemigo con un paquete de cigarrillos y un par de cervezas que con la tortura, o la necesidad de profundizar en la cultura y la historia de las regiones en las que se

están desplegados, con el mismo rigor intelectual que se ha aplicado a sí mismo. Entre las muchas lecturas obligatorias para sus comandantes en Iraq se encuentra The siege –Estado de sitio-, de Russell Braddon, donde se cuenta una estrepitosa derrota británica en Mesopotamia en la I Guerra Mundial. Porque, como respondió en un correo a un militar que se lamentaba de no tener tiempo para leer, el problema de estar demasiado ocupado para leer es que aprendes por experiencia. No personifica quizás los clichés que estamos acostumbrados a ver en Hollywood, pero su carácter, actitud e inclinaciones sí están en sintonía con lo que cabe esperar de un historiador militar formado en el ejército americano, cuyas fuerzas entrenan a sus líderes con lecturas como el Arte de la guerra de Sun Tzu. Pero si algo no ha aprendido a lo largo de su carrera, según dice, es a deletrear la palabra fracaso.

Se retiró en 2013 como cabeza del Mando Central de los Estados Unidos, posición desde la que vertía sus críticas a las políticas de la administración Obama, especialmente a las relaciones con Irán, la mayor amenaza para la paz en Oriente Medio. Entonces advertía de que el siguiente presidente heredaría un desastre fruto de la falta de estrategias y de tener un foco de atención itinerante de una subregión a otra. Tras su jubilación en 2013, no podría ser designado como Secretario de Defensa hasta que hubiera pasado un mínimo de siete años, pero con él se hizo la segunda excepción en la historia del país, contando como la primera a aquel señor que no llegó nunca en la película de Berlanga, el general Marshall.

He’s the real deal, dijo Trump de él el pasado noviembre, lo más parecido que tenemos a Patton. Desde su nombramiento oficial, ha hecho movimientos significativos en distintos puntos del tablero mundial, como su viaje a Corea del Sur y a Japón o el encuentro con Michael Fallon sobre el gasto de la OTAN en Defensa –con la consecuente amenaza de reducir su compromiso presupuestario con la organización si otras naciones no se involucran más-. Uno de los principales puntos de ruptura con el Presidente es sin duda el grado de colaboración con los aliados árabes, especialmente en Israel –donde aboga por la solución biestatal-. En cuanto a Rusia, la considera una de las principales responsables de la inestabilidad mundial, junto al terrorismo y las acciones de China en su costa meridional. Estados Unidos no está preparado para colaborar militarmente con Rusia, defiende, y parece que se ha convertido en la visión del gabinete federal, a pesar de los titulares que nos dejó la campaña electoral.

Y es que como decía Marco Aurelio, el arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza. Esta extraña pareja de baile hace ya tiempo que desempolvó los guantes de boxeo.

Comenta

Notificar de
avatar

Don Verdad
Invitado
Don Verdad
5 Abril, 2017 1:33 am

Por fin un mando militar que parece en todo a un mando militar y no los mariconsones que tenemos en España. No es que no haya muy bienos militares es que están opacados por los políticos que les tienen miedo. Son tan chirizos que se temen un golpe militar, cuando ningún militar da un golpe militar salvo en un caso muy extremo

wpDiscuz