La dimisión de Flynn, primera victoria del establishment sobre Trump

“Evidentemente prefiero la política democrática y constitucional normal. Pero si vamos a ello, prefiero el Estado profundo al Estado de Trump”.

Quien así opinaba abiertamente desde su cuenta de la red social Twitter no es un anónimo espontáneo o un donnadie, sino Bill Kristol, director del órgano la derecha straussiana norteamericana The Weekly Standard, hijo de Irving Kristol, considerado ‘padre’ de los neoconservadores y cara visible de los opositores a Trump desde la derecha.

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Viene a cuento de la dimisión forzada del director de Seguridad Nacional recién elegido, Michael Flynn, por unas conversaciones que mantuvo con el embajador ruso en Washington y de las que no informó en su totalidad (omitió que habían discutido sobre el eventual levantamiento de las sanciones a Rusia). Estas conversaciones confidenciales fueron grabadas por sujetos anónimos de algún servicio de inteligencia y filtradas a la prensa.

Que los antitrumpistas -el establishment en pleno- han olido sangre con esta dimisión y quieren llevar el asunto hasta el final estaba cantado. Pero es un espectáculo asombroso comprobar cómo la afirmación de Kristol se ve universalmente refrendada por medios y particulares de las filas demócratas.

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El del ‘Estado profundo’ es un concepto acuñado en relación a la Turquía de principios del pasado siglo, y hace referencia al ‘gobierno permanente’, los que de verdad mandan por encima de los gobiernos formales y pasajeros, una alianza informal de la burocracia permanente y otros grupos de intereses.

Es decir, lo que está afirmando Kristol, haciéndose eco de lo que con otras palabras parecen reconocer los demás, es que prefieren ser gobernados por espías sin rostro ni nombre, elegidos por nadie y sin obligación de responder ante nadie, antes que serlo por el presidente democráticamente elegido en el curso del proceso normal en la democracia americana.

Y es que, aunque los medios tratan de convertir el asunto Flynn en una siniestra conspiración con Rusia -¿qué puede haber de raro en que un responsable de seguridad hable con el embajador ruso? ¿O de malo que la Administración Trump quiera reparar las deterioradas relaciones con la segunda potencia militar del mundo?-, lo realmente alarmante es que las filtraciones ponen de manifiesto que Trump tiene en contra, no ya a los enemigos externos esperables, sino a miembros de su propia administración, empezando por unos servicios de inteligencia que parecen dispuestos a hacer la guerra por su cuenta.

Flynn no importa, y su supuesto ‘pecado’ hubiera pasado desapercibido de haberlo cometido, digamos, un hombre de Obama. El verdadero pecado de Flynn es haber pretendido, precisamente, poner orden en la comunidad de inteligencia, subordinar las distintas agencias -CIA, FBI, NSA– al Gobierno. Y la cabeza de Flynn es el primer gran trofeo del Estado profundo.

Como este texto va firmado y me hago exclusivo responsable, diré que pedir la dimisión de Flynn me parece un trágico error por parte de Trump. Para empezar, es un signo de debilidad, algo desconocido hasta ahora en Trump, que acostumbra a responder a la histeria de los medios doblando la apuesta. Si tan pronto y por tampoco pueden cobrarse una pieza de esa importancia, el cielo es el límite.

Pero, además, al ceder en el asunto vital de las agencias de inteligencia y seguridad, Trump queda poco menos que inerme ante los enemigos que tiene en casa, dentro de la Administración, especialmente ese Estado dentro del Estado que es siempre y en todas partes la comunidad de inteligencia.

Es, quizá, pronto, para saber si Trump podrá recuperarse de este golpe, de este incomprensible paso en falso. Pero parece indudable que lo hace todo más difícil, y al establishment más confiado en su poder y la certeza de su victoria final.

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