La ejecución de Scaramucci

Anthony Scaramucci en una rueda de prensa

Scaramucci cumplió con su misión en el más puro estilo de Montana. Brutal. Soez. Diciendo la verdad incluso cuando mentía

“Say good night to the bad guy”

  Tony Montana (Al Pacino)

   Scarface, the world is yours

Quienes visitan EE.UU. rara vez llegan a apercibirse de una de las características más llamativas del país: la separación entre el mundo económico (the business world) y el político que -en cada Estado- ocupan ciudades diferentes. 

Me jugaría una copa de vino a que muy pocos de los millares de turistas que han paseado por el Rockefeller Center de Manhattan conocen el Empire State Plaza de Albany, la capital administrativa del estado, que lleva el nombre de su gobernador y luego vicepresidente, Nelson Rockefeller. De igual manera que estoy seguro que quienes son asiduos visitantes de la Florida no han puesto un pie en Tallahassee. 

A escala nacional, se podría hacer una distinción similar entre Washington y Nueva York, sólo que, en este caso, muchos de quienes recalan en Manhattan han pasado alguna vez por el DC. con alguna buena excusa, como ver de cerca lo pequeña que es La Casa Blanca comparada con el Capitolio o contemplar el armonioso y emocionante oleaje que forman las cruces de Arlington.

Por lo demás, la diferencia entre ambas ciudades es enorme. Tan grande como la mentalidad de sus habitantes. Nueva York y Washington constituyen los dos motores más poderosos de nuestro mundo. Las fachadas de los rascacielos de Manhattan reflejan la arrogancia de los millonarios de Wall Street, los publicistas y los magnates inmobiliarios, repanchigados en los asientos de sus  ‘corner offices’, luchando en cada asalto hasta que la campana marque la hora de desconectar para irse de copas o al último estreno de Broadway. 

En Washington, sin embargo, no hay más brillo que el del blanco mármol de sus monumentos. La suciedad, tan presente en ese vertedero de talento que es Nueva York, se reserva allí a las oscuras aguas del Potomac y sus inconfesables secretos. En apariencia, la vida es más placentera y civilizada. Los horarios son los propios de los funcionarios, suavemente interrumpidos por las recepciones en las embajadas y las noches de opera o Ballet.  

Sin embargo, en los alrededores del trazado imperial de las majestuosas avenidas diseñadas por Pierre Charles L’Enfant, se encuentran las agencias más poderosas de la república: el FBI, el Departamento de Estado, el Pentágono, la CIA, la NSA y muchos más organismos secretos cuya existencia es posible que nunca lleguemos a conocer.

Sólo hay algo que las une de manera inseparable: la maquinaria de los medios de información, las cañerías por las que transita el detritus arrojado a los inodoros más exclusivos justo después de ajustarse las pajaritas y ensayar la sonrisa para la próxima gala en favor de cualquier causa justa y noble donde las haya.  

Aparte de eso, sus respectivos habitantes se profesan un odio secular fruto de la permanente necesidad de demostrar quién la tiene más larga. Los neoyorquinos desprecian a los políticos más que en cualquier otro país. No en vano les pagan las campañas para que les sirvan cuando sean elegidos. Los honorables representantes del pueblo, por su parte, aguardan que llegue su turno para poder vengarse por tamaña humillación. Es un toma y daca constante y cruel por mostrar quien lleva la mejor mano en cada partida.

Donald Trump (que durante unos años fue el dueño del Puente Aéreo entre ambas ciudades) ha cometido la osadía de realizar un salto inverosímil en el trampolín de la Historia que ha ido a dar con sus nada despreciables posaderas en la silla más grande de todas.  Pero The Donald nunca ha pertenecido al mundo cínico, gentil y sinuoso de “House of Cards” sino al mucho más obvio y grosero de “Billions” (o para el caso, de “Wall Street” y sus diferentes secuelas, si es que todavía no han visto la serie de Showtime). 

Por eso tuvo que llamar a Scaramucci, su Tony Montana, su chico italiano salido de la nada, para que ejecutase a un inútil -y no sabemos si desleal (“Los ojos. Los ojos nunca mienten, chico”)- Reince Priebus, el cordón umbilical entre el Ala Oeste y el Capitolio.

Scaramucci cumplió con su misión en el más puro estilo de Montana. Brutal. Soez. Diciendo la verdad incluso cuando mentía. Él ya había completado todas las fases del manual. Primero el dinero, luego el poder y por último, la chica. Incluso podía decir, como Montana, que tenía familia con la que se cruzaba sin siquiera dirigirle la palabra.

Yo creo que Scaramucci pensaba quedarse y ser el jefe del clan de los neoyorquinos en el Ala Oeste. Defender el fuerte a costa de lo que hiciera falta. Lo escribí aquí hace pocos días y las fotos que publicó en su cuenta de Twitter dejan poco espacio a la imaginación. “Welcome Aboard Air Force One, Mr. Scaramucci”.

Pero Washington no es Nueva York, y Scaramucci utilizó su revolver para decir lo que había que decir, no lo que la gente quería oír.  En el Distrito de Columbia no gusta el estruendo de los disparos. Los tiros se descerrajan siempre con el suave zumbido del silenciador. Hasta el propio presidente llego a estar molesto con el estrépito y aceptó que la misma bolsa de trajes con la que descendió del Air Force One le sirviera de mortaja.

“¡Vais a necesitar un jodido ejército para acabar conmigo!” gritaba en la escena final de Scarface un desafiante Tony Montana. Así es como imagino a ‘The Mooch’ antes de que John Francis Kelly, general de cuatro estrellas del cuerpo de Marines, pusiera fin al que, muy posiblemente, haya sido el paso más fugaz de un alto cargo en La Casa Blanca.

Han sido sólo diez días. Pero durante esos diez días, el mundo fue de Anthony Scaramucci.

*Por Antonio Camuñas (@ManhattanManOne)

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[…] es que si algo conocemos de Scaramucci, además de su grosería, es su proclive postura hacia el aborto, el ‘matrimonio’ homosexual y la transexualidad. No en […]

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