La semana de Pasión de Donald Trump

 La política exterior de Trump no está siendo errática ni irreflexiva. Con sólo tres movimientos en una semana, Washington ha obligado a Moscú y Pekín a que le sigan el juego. De momento.

7 de abril de 2017: cincuenta y nueve cohetes tomahawk norteamericanos caen sobre objetivos militares en la base de Shayrat, en Siria. 9 de abril: el presidente Trump ordena el despliegue frente a la península de Corea del grupo de ataque del portaaviones USS Carl Vinson (10.000 efectivos, 90 aviones, misiles guiados, etc.). 13 de abril: una bomba de impacto masivo aéreo MOAB destruye una planta militar del Estado Islámico en Afganistán, cerca de la frontera pakistaní.

Tres movimientos en una semana. Sólo tres. Más ruidosos que otra cosa. Para muchos, inequívoca manifestación del carácter atrabiliario y violento de Trump, síntoma de una política exterior errática. Pero no, no: nada hay de irreflexivo ni errático en esos tres, sólo tres, movimientos. Al revés: con un coste relativamente bajo, Donald Trump ha recuperado en una semana la iniciativa en el tablero internacional. Coste bajo, sí, porque la inversión no ha de medirse por su efecto local, sino en función de su influencia general en el gran tablero, ese tablero donde los agentes no son el Estado Islámico, Bashar Al-Assad o Corea del Norte, sino China y Rusia. A ellos se ha dirigido el mensaje de Trump.

Nadie entenderá nada si nos obstinamos en juzgar los movimientos de las grandes potencias como meras jugadas de alcance local. No: los grandes juegan en todo el tablero a la vez. Y eso es lo que ha hecho Trump, acertando (de momento) donde falló Obama. Los Estados Unidos son una potencia hegemónica. Es decir que su dominio del tablero internacional no admite competencia. Trump es muy reticente a que esa hegemonía se ejerza bajo la forma de una especie de Estado Mundial (llamémoslo “gobernanza global” para ser más finos) regido por intereses de corporaciones transnacionales, tal y como se venía construyendo el nuevo orden del mundo desde la caída del Muro de Berlín, pero eso no significa que vaya a renunciar al dominio norteamericano sobre el planeta. Al revés, “America First” significa precisamente eso: que los Estados Unidos mandan y los demás le siguen el paso. Lo que ha ocurrido en esta semana sólo puede entenderse cabalmente desde esta perspectiva.

El dominio norteamericano roza con otras esferas menores de poder en tres frentes simultáneamente. Uno, esencial desde los puntos de vista económico y geopolítico, es el Mar del Sur de la China, donde Pekín lleva años intentando arañar posiciones (¿hay que recordar que por el estrecho de Malaca y aledaños pasa el 50% del comercio marítimo mundial?). Otro, de un alcance político trascendental, es la frontera entre Rusia y Europa oriental, que ha estallado en torno al conflicto ucraniano pero que se extiende hasta el Mar Báltico, y donde el rival de Washington es Moscú. El tercero, evidentemente, es Oriente Próximo y Medio, sobre cuyas implicaciones geopolíticas y económicas no es preciso insistir, y donde los intereses de Estados Unidos y Rusia –quizá no tan contrapuestos como podría pensarse- rozan con los de otros agentes de gran peso local como Turquía, Israel o los árabes. Es importante tener el mapa en la cabeza para entender que cualquier jugada local sobre el tablero repercute inmediatamente sobre el conjunto. Sí: se juega sobre todo el mapa a la vez.

Tres jugadas

El bombardeo de la base siria de Shayrat ha sido una jugada brillante, al menos desde el punto de vista de los intereses americanos. ¿Qué pretenden los Estados Unidos en el escenario de Oriente Próximo? Muy fundamentalmente, garantizar el abastecimiento de petróleo para la economía mundial, mantener dividido al mundo islámico usando a unas fuerzas contra otras, proteger a Israel y caminar hacia una paulatina redefinición de las fronteras de 1916. Obama, recordémoslo, creyó que podría hacerlo mediante una progresiva retirada de la presencia física norteamericana en aquel suelo (mil veces lo dijo) y encomendando la tarea a los aliados locales (otras mil veces lo repitió), mientras convertía la región en un avispero. Al final todo le salió al revés y los únicos beneficiarios del caos han sido Rusia, Turquía e Irán. Estados Unidos necesitaba recuperar protagonismo, demostrar que allí nadie moverá un dedo sin el beneplácito de Washington. ¿Difícil? Sí. Pero, por el momento, han bastado 59 tomahawks para volver a poner a los norteamericanos en la mesa. Primera victoria de Trump.

Vayamos ahora a lo de Corea del Norte. ¿Qué es Corea del Norte? Sencillamente, una baza que China ha utilizado durante decenios para enseñar los dientes al bloque americano. En efecto, el problema con Corea del Norte es China, que provee a Pyongyang de más de la mitad de sus importaciones y sus exportaciones. Pekín sostiene al régimen norcoreano porque le interesa mantener un factor de inestabilidad en el área: es una baza que utiliza en su propio provecho. Lo mismo intentó hacer, en el lado sur del mapa, con Vietnam, pero aquí Washington le ganó por la mano. La equívoca política de Obama con China, que algún día alguien tendrá que explicar, ha dejado que el peligro que representa Corea del Norte, objetivamente nimio hace muy pocos años, crezca hasta convertirse en un problema de verdadera envergadura mundial. En cierta medida, a China se le ha ido de las manos. ¿Cómo se soluciona eso? Sólo con un acto de fuerza. ¿Contra Corea del Norte? No exactamente; no es preciso. Washington no lo ha hecho antes por temor a buscarse un problema suplementario con China: “que Pekín no se enfade”, parecía pensar la Administración Obama. Pero a Trump le da igual que se enfade, e incluso puede buscar deliberadamente la irritación, porque le vendrá bien para ajustar inmediatamente después el conflicto abierto en el Mar de China meridional. Xi Jinping ha estado con Trump, acto seguido Trump ha mandado barcos a Corea, y China, lejos de enfadarse, ha mostrado su disposición a colaborar, ha movilizado tropas a la frontera norcoreana y ha cancelado todos los vuelos con Corea del Norte. Segunda victoria.

Rusia y Pekín pueden enfadarse, claro. Lo han hecho. Y mucho. Seguramente alguno estará pensando aquello de “yo creía que el mundo multipolar iba a ser otra cosa”. Pero no, no va a ser otra cosa. ¿Qué tiene Rusia? Espacio y cabezas nucleares. ¿Qué tiene China? Reservas humanas inagotables (y más cabezas nucleares). Cosas importantes, sin duda. Ahora bien, ¿qué tiene Estados Unidos? Sobre todo, una capacidad industrial y económica sin parangón, lo cual pone en sus manos amplios espacios y abundantes reservas humanas fuera de su propio suelo (además de las cabezas nucleares). Sencillamente, nadie está en condiciones de seguir el paso a los norteamericanos. Vamos, recordad: ¿Cómo dobló Reagan el brazo de la Unión Soviética? Militarmente, con la Iniciativa de Defensa Estratégica (la famosa “guerra de las galaxias”), que obligaba a la Unión Soviética a un esfuerzo imposible, y económicamente, promoviendo la bajada del precio del petróleo, que ató más aún las manos a los rusos y terminó conduciendo al colapso global del sistema soviético. Ahí entra, por cierto, el alarde de Trump con la bomba MOAB: 16 millones de dólares. Un mensaje explosivo, desde luego, para el Estado Islámico, pero también para todos los demás. ¿Está diciendo Trump a Moscú y Pekín que va a lanzarles una bomba? No, no: lo que les está diciendo es: “puedo fundirme 16 millones de dólares y quedarme tan ancho, y vosotros no”. Esa es la cuestión: que ellos, Putin y Xi Jinping, no pueden. Y lo saben. Tercera victoria diplomática de Trump.

Por supuesto, todas estas acciones tienen además otros destinatarios: los mil grupos yihadistas que hasta la fecha han estado sacando partido de la laberíntica política americana en Oriente Próximo, los tibios aliados europeos de la OTAN, el hostil establishment de Washington, etc. Y también los propios ciudadanos norteamericanos, que según todos los sondeos obsequian hoy a Trump con un grado de aprobación mayor que cuando fue elegido. Pero lo esencial, en términos de política exterior, es lo otro: con esos tres movimientos, Washington ha obligado a Moscú y Pekín a que le sigan el juego. Es muy posible que Moscú saque de todo esto concesiones en Crimea y el Donbass. Es muy posible que Pekín obtenga seguridades sobre sus posiciones en el Mar de China Meridional. Pero será bajo el liderazgo norteamericano.

Por cierto: en cuanto a Europa, que nadie piense que todo esto nos va a beneficiar. Entramos en una fase en la que será preciso mostrar quién posee aún voluntad de poder. Europa carece de ella. Esa es nuestra enfermedad colectiva.

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Invitado
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19 Abril, 2017 9:48 am

Es un camaleón que ha dado la cara. Un hombre muy peligroso al servicio de sionismo.
Lógico que Rusia y China le tienen que seguir el juego, porque está desequilibrado. Puede provocar la guerra nuclear en cualquier momento.
Pero el objetivo es Rusia; para eso aísla a Corea del Norte.
La incógnita Trump empieza a desvelarse
https://iudicamedomine.blog/2017/04/10/la-incognita-trump-empieza-a-desvelarse/

wiesiek
Invitado
wiesiek
19 Abril, 2017 3:58 pm

el analisis del punto de vista de la geoestrategia es correcto,errores son pequenos.en cuanto a la fr-posibles concesiones se referiran a ucrania y belarus en la etapa de air sea battle entre ee.uu.y china -fr seria un aliado de ee.uu.en esta guerra.

ASV
Invitado
ASV
19 Abril, 2017 5:17 pm

Excelente artículo, Sr. Esparza. Le felicito, muy pocas veces se puede leer algo sensato de un analista español. Luego vendrán las diferente opiniones y se podrá estar o no de acuerdo, pero le reitero mi felicitación.

Elena
Invitado
Elena
19 Abril, 2017 7:34 pm

Fantástico artículo. Como siempre, atinado, claro y certero.

Elena
Invitado
Elena
19 Abril, 2017 7:37 pm

Excelente artículo. Un buen análisis de la situación, claro y certero.

Español libre genuino
Invitado
Español libre genuino
19 Abril, 2017 10:01 pm

No lo comparto al cien por cien pero reitero un comentario anterior, sus artículos son lecciones magistrales y lo digo sin ánimo de adulación.

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